Por Javier García, director general de UNE y vicepresidente de ISO
Existe una idea equivocada cuando se afirma que innovar exige moverse sin referencias compartidas, lejos de marcos comunes y con la menor estructura posible para dar paso a nuevas ideas y proyectos. No obstante, la realidad diaria en el mercado y en las empresas demuestra precisamente lo contrario. La innovación no se consolida por ausencia de criterios, sino cuando encuentra las condiciones adecuadas para desplegarse con eficacia, generar confianza y traducirse en valor real para las organizaciones. Y ahí es donde la normalización desempeña un papel decisivo.
Lejos de frenar el cambio, los estándares lo canalizan y sirven de guía para hacer que esa innovación sea comprensible y escalable. Permiten que una novedad tecnológica, un nuevo modelo de relación con proveedores o una mejora en procesos internos no se quede en una experiencia aislada, sino que pueda integrarse en la operativa, compartirse entre áreas, medirse, evaluarse y mejorarse con el tiempo. En otras palabras, la normalización no reduce la capacidad de innovar, sino que permite que la innovación se despliegue de forma coherente, reproducible y fiable, favoreciendo su consolidación y mejora continua.
Esta idea no es solo conceptual. El Informe de la EOI sobre el impacto económico de la normalización en España ofrece evidencias muy sólidas sobre la contribución de las normas al crecimiento, la productividad y la competitividad. El estudio estima que la normalización aporta un 14,7% al crecimiento medio anual del PIB español y concluye que acelerar un 5% anual la publicación de nuevas normas podría generar un impacto acumulado superior a 23.000 millones de euros en el PIB hasta 2028. Más allá de su relevancia macroeconómica, estos datos confirman algo esencial, que las normas no son un elemento accesorio, sino una infraestructura de confianza que mejora el funcionamiento del tejido productivo.
Ese impacto se aprecia también de forma clara en el terreno de la innovación. El informe muestra que aproximadamente siete de cada diez empresas innovadoras reconocen un impacto positivo de los estándares sobre sus procesos de innovación. Desgranando la percepción de este conjunto del tejido empresarial, observamos que cerca del 90% considera que los estándares ayudan a seguir la evolución técnica y tecnológica, mientras que otro 75% afirma que mejoran la productividad de los equipos de innovación. A ello se suma otro dato especialmente significativo, siete de cada diez indican que contribuyen a reducir los tiempos de comercialización de nuevos productos y el 66% señala que favorecen una mejor aceptación de esos productos innovadores en el mercado.
La lectura de estos datos es clara, la normalización no frena la innovación, sino que refuerza su capacidad de generar valor con mayores garantías. Estas cifras ayudan a desmontar una visión todavía extendida, la de que la estandarización impone rigidez en ámbitos que requieren agilidad. La evidencia apunta en sentido contrario. Cuando una organización dispone de un lenguaje común, criterios compartidos y métodos de referencia, puede innovar con mayor precisión, comparar mejor, incorporar soluciones con menos fricción y tomar decisiones con más seguridad. La innovación necesita creatividad, sin duda, pero también necesita interoperabilidad, trazabilidad, evaluación y confianza. Sin esos elementos, es mucho más difícil que una buena idea se convierta en una mejora real y sostenida.
En el ámbito de Compras, esta reflexión resulta especialmente relevante. Hoy, la función de Compras ya no se limita al aprovisionamiento o a la negociación de precios. Participa de manera creciente en decisiones ligadas a sostenibilidad, digitalización, resiliencia, calidad, cumplimiento, trazabilidad y colaboración con proveedores. Es decir, participa directamente en la innovación del negocio. Y para que esa innovación se incorpore de forma efectiva a la cadena de valor, no basta con identificar soluciones nuevas. Hay que poder evaluarlas, compararlas, alinearlas con los objetivos corporativos y asegurar que generan valor más allá del corto plazo. Los estándares ayudan precisamente a ello.
En el caso concreto de Compras, la norma UNE 15896:2015, Gestión de compras de valor añadido, ofrece una referencia muy ilustrativa. Esta norma proporciona un marco para entender la función de Compras desde una lógica estratégica y orientada a la creación de valor para toda la organización. Su planteamiento resulta muy significativo, porque reconoce que comprar bien no consiste únicamente en adquirir bienes o servicios al menor coste posible, sino en contribuir al desempeño global de la empresa a través de la eficiencia, la calidad, la relación con proveedores, la mejora continua y la visión de largo plazo. Es, por tanto, un buen ejemplo de cómo la normalización no limita la función de Compras, sino que refuerza su dimensión estratégica.
Desde esta perspectiva, las normas actúan como una infraestructura invisible de la innovación. No siempre se ven, pero hacen posible que la innovación circule, se conecte y genere confianza entre clientes, proveedores, departamentos técnicos y responsables de Compras. Reducen fricciones, facilitan la comunicación, aceleran la adopción de soluciones y evitan que cada avance tenga que reinventar desde cero sus criterios de aceptación. En un entorno empresarial marcado por cadenas de suministro complejas, exigencias regulatorias crecientes y una necesidad constante de adaptación, esa aportación es más valiosa que nunca.
La verdadera innovación empresarial no consiste solo en imaginar algo nuevo, sino en conseguir que funcione, que sea fiable, que pueda extenderse y que aporte valor sostenido. Por eso conviene defender con claridad una idea sencilla, pero fundamental, los estándares no frenan la innovación, la ordenan y la aceleran. Y en un ámbito como Compras, donde se cruzan eficiencia, riesgo, colaboración y creación de valor, esa aportación resulta especialmente evidente. Innovar mejor no es innovar sin marco. Es innovar con criterio compartido, con confianza y con visión estratégica de futuro. Ese es su verdadero valor, convertir la innovación en una capacidad organizativa compartida, gobernable y orientada a resultados, también cuando nace en la propia función de Compras.